
Recientemente el estado de Vermont legisló a
favor de la unión matrimonial entre dos personas del mismo sexo. Inmediatamente decenas de personas comenzaron a inundar las líneas telefónicas de la casa de la gobernación con llamadas expresando el horror que sentían ante tan descabellada ley.
Una famosa profesional de la salud mental desde su programa de TV y radio cuestionó como personas que son “un error biológico” pueden tener el mismo derecho que los “normales heterosexuales” a unirse en matrimonio.
A pesar de los grandes avances tecnológicos y científicos, pareciera que seguimos viviendo en los tiempos de la inquisición. Juzgamos y sentenciamos sin tener en cuenta al otro, sin tener información adecuada y precisa; no podemos concebir distintas formas de vivir y de pensar.
Por que nos resulta tan difícil aceptar que dos personas que se aman sean o no del mismo sexo, quieran legalizar su unión a través del matrimonio. No debemos olvidar que más allá del significado romántico y simbólico que tiene el casamiento, no deja de ser una sociedad civil entre dos personas adultas establecida para proteger los derechos de ambos individuos.
A pesar de los grandes avances tecnológicos y científicos, pareciera que seguimos viviendo en los tiempos de la inquisición. Juzgamos y sentenciamos sin tener en cuenta al otro, sin tener información adecuada y precisa; no podemos concebir distintas formas de vivir y de pensar.
Por que nos resulta tan difícil aceptar que dos personas que se aman sean o no del mismo sexo, quieran legalizar su unión a través del matrimonio. No debemos olvidar que más allá del significado romántico y simbólico que tiene el casamiento, no deja de ser una sociedad civil entre dos personas adultas establecida para proteger los derechos de ambos individuos.
¿Quien nos otorgó a los heterosexuales el derecho a decidir sobre la sexualidad y la vida en pareja de otros? Rechazamos todo aquello que se diferencia de nosotros, desde el tono de piel, el acento con el que hablamos, las idiosincrasias culturales, los homosexuales. Si vamos a determinar quienes pueden casarse, pues sería sólo una pequeña minoría la que estaría emocional y psicológicamente preparada para llevar adelante semejante empresa sin demasiados conflictos.

Cuando nos oponemos a la legalización del matrimonio entre dos personas del mismo sexo no estamos respetando los derechos del otro. Los homosexuales tienen el mismo derecho que los heterosexuales a acceder a las ventajas legales que ofrece el matrimonio civil.
Es aún más lamentable que personas dedicadas a las ciencias humanísticas, particularmente aquellas que han elegido el campo de la psicoterapia/psicología como profesión, continúen utilizando mensajes moralizantes y punitivos (como si tuvieran un derecho divino) que tanto atraen a un público saturado de la violencia y el libertinaje. Como profesionales de la salud mental nuestra meta debería ser ayudar a otros a ser coherentes con lo piensan, sienten y hacen, a relacionarse positivamente con otros, a explorar y disfrutar de todas las capacidades, a ser más felices. Nuestro lugar no es el de juzgar, elegir por el otro, dar discursos basados en nuestra concepción individual de la vida.
Cuando me rehuso con tanta fuerza a aceptar formas de vida y puntos de vista distintos a los míos, es que algo de aquello me toca resortes que no quiero ver. Me pregunto, cuáles?
Si quieren leer más artículos de sexología y amor, pueden visitar mi sitio.
Silvina Belmonte


